Mucha gente cree que entrar en un templo como una catedral, una iglesia o una mezquita es otro aliciente para la vida materialista. Para los no creyentes, el recorrido de una catedral se resume en disfrutar del placer de los sentidos como si fuese otra atracción de feria más para el turista. Otros, sin embargo, atribuyen a los templos un cariz folclórico, gnóstico, de celebración de eventos culturales o manifestaciones religiosas populares, cuando no, un exceso de santería. Para los creyentes, nos sugiere la oración y reverencia ante el cuerpo de Cristo transubstanciado en el sagrario. Sin embargo, el recorrido o la estancia en un templo sagrado no sólo implica la devoción, sino más bien un respeto a su aspecto espiritual y simbólico. No es un lugar, por tanto, donde la oración se convierta en un negocio para resolver pleitos con Dios, ni mucho menos para demandarle que sea como un abogado de nuestros anhelos y deseos. Ante todo, esta actitud de respeto se sintetiza en una oración fuera de nosotros, donde el prójimo y nuestros enemigos tengan preferencia en el rezo, lejos de exigir a Dios obrar en nuestros asuntos personales cotidianos y materialistas. En un plano secundario, hemos de manifestarnos con actitud humilde y con propósito de enmienda, agradeciendo todo lo bueno que hemos recibido y mostrándonos tal y como somos, puesto que a Dios no se le puede engañar.

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